viernes 21 de diciembre de 2007

DELANTE DEL PUCHERO


[Al teléfono]

- Te dejo, que tengo la comida al fuego.

[Voz en off, después de colgar]

- Nunca pensé que diría algo así...

Caminando hacia la cocina en su pequeña y acogedora casita en el Albaycín bajo, Eva pensaba en cómo había cambiado su vida en un año. Malditas fechas, que por convención, nos presionan para sentarnos delante de las imágenes que se reflejan en el espejo de nuestra memoria, a veces empañada por los vahos, a veces demasiado nítidas para percibir las líneas.

- ¡Qué frío hace fuera, y que calentito que se está delante del puchero! ¿Cómo hemos llegado de la luz de las velas al microondas? ¿Tendrá que ver el frío de nuestros corazones, con la imposibilidad de calor de un “hogar”?

Esperaba no estar confundida o trastornada por el retraso de su regla, es decir, si estuviera embarazada. Esperaba, que sólo fuera la necesidad de buscar otros caminos, cuando los de la revolución y la exaltación de cierta juventud, estaban vetados por un cuerpo agotado.
No tenía hilos negros, ni hilos, ni negros; ni había renunciado a la palabra, como aquel viejo, eso se lo había enseñado su nuevo AMIGO alemán ;) Sin embargo, encontraba en la poesía marina del recoger la espuma del puchero, una sensación novedosa y tierna, templanza, ¿se estaría quizás acercando a esa paz inquieta, tan ansiosamente buscada durante su vida?

Siempre había dicho que tras su risa, se encontraba un fondo oscuro, una melancolía traicionera y paralizadora. Y ahora veía, en el fondo del puchero, un abismo. Si lo sentía, le provocaba vértigo; pero si lo pensaba un segundo, caía en la cuenta, de que la comida que iba a alimentarla estaba en la profundidad, en la desesperanza de lo menos claro, en la ambigüedad de la incertidumbre.

Tenía ganas de llamar a su abuela y contarle que había encontrado la fuente del olor que la tranquilizaba en su abrazo cuando era pequeña, cuando la deslumbraba con su azulados ojitos y la llamaba “lucero”; era lo que el calor del fuego del puchero se impregnaba en su ropa y piel, cuando ella cocinaba para proteger y acoger a los suyos, fueran familia sanguínea, fueran seres queridos.

Y es que es una tarea delicada. Aquel que a sus 28 años, le había dado a Eva los mejores y los peores momentos, le recriminaba que nunca aprendería a cocinar porque no sabía trasladar su amor a la comida. Curioso comentario, para alguien que nunca aprendió a querer a nadie más que a sí mismo, aunque aprendió a manejar la cuchara de madera, para encantar con la magia de sus pucheros.

¿¡Qué mejor medicina para un alma errante en busca de sentido, que verse obligado a detenerse en el camino para reflexionar acerca del largo e interminable, del agotador e inalcanzable viaje hacia el horizonte!?


Si el año pasado, no digamos hace más, alguien le hubiera dicho, como de hecho sucedió, que llegaría el día en que cambiaría tanto su concepción del mundo, en que una vez más, la vuelta de la espiral se convertiría en un ángulo tal, que podría disfrutar, del silencio, de la soledad y de cocinar ese puchero, Eva no habría podido evitar soltar una carcajada y sonreírse en su interior, refirmando su especial condición de carácter que era satisfecha con excentricidades, o cuanto menos, con ejercicios nada propios ni de su edad, ni de su género, ni quizás de su tiempo, ni, desde luego, sujetos a lógicas clásicas. Muchos eran los que la habían acusado de contradictoria e incluso “listilla”.

Y ahora, sin embargo, descubría –siempre por elección, esa sería la diferencia, tal vez- lo que otros no habían sabido trasmitirle con palabras, ni con acontecimientos. Ahora su cuerpo, la inteligencia corporal de su existencia, le ofrecía una ventanita para salir de la desorientación. No era un mecanismo, era la sabiduría de aceptar lo necesario y poder disfrutarlo.


Se ha terminado. La comida está lista; está preparada la fuente de vida. Porque ese ha sido el cambio por excelencia de este 2007. Desear vivir, desear seguir caminando, recorrer el borde, pero más tranquila.
Eva disfrutará del puchero, del final del proceso, recordando con nostalgia, con saudade, con añoranza, el calor que le proporcionaba estar delante del puchero. Tal vez interrumpida por la comunicación, tal vez no, ya no provoca angustia. Cálido recogimiento del alma de lagartija echada al sol.
Sólo era su primer hogar, sólo era uno de sus cambios, tan sólo ha sido otro paso, otro punto de la espiral. Habrá más; nunca serán iguales; puede que mejores; otros, en cualquier caso. Siempre podrá ponerse cerquita del fuego a elaborar, despacito y con cariño, el abismo que sustenta la construcción de su sonrisa.


PD: Para que no se me vuelva a olvidar seguir las flechas, mirar el cepillo de dientes, valorar el tiempo regalado, el devenir del río y la caricia de la muerte.

esa mujer...

esa mujer...
le cuidará

¿Y cómo se llama cuando no es locura?

¿Y cómo se llama cuando no es locura?
ESPERANZA ILUSIONADA/AMOR